
Salustiano Olózaga, político liberal, era presidente del Congreso de los Diputados en 1843, cuando los reaccionarios le acusaron (falsamente) de coaccionar a la joven reina Isabel II, para obligarle a firmar la disolución de las Cortes y convocar nuevas elecciones. Detenido (querían condenarle a muerte), coincidió en la cárcel con el popular bandolero Luis Candelas, que también simpatizaba con la causa liberal. Dice la tradición que la amante de Olózaga, una tal Mary Alicia, le pidió a Candelas que le ayudase a escapar y este aceptó (Se chismorreaba que Mary también era amante de Luis). A pesar de la guardia reforzada, Candelas organizó un motín y consiguió liberar a Olózaga. Don Salustiano le dijo: -¡Vente conmigo! A lo que el noble Candelas contestó: -“No. He dado mi palabra de que yo me quedaría en la cárcel”. Se enzarzaron en una discusión que atrajo la atención de los carceleros. Olózaga les arrojó el dinero que llevaba encima, y mientras éstos se entretenían cogiendo las monedas, el político escapó.
La versión más extendida afirma que Olózaga acudió a la casa de su amigo, el progresista Basualdo, en la calle de la Ruda. Salustiano se puso un disfraz de labrador y acompañado del ama de llaves de Basualdo, se dirigió a la Puerta de Toledo. Allí le esperaba el guarda de una dehesa de Illescas quien le llevó hasta Leganés. En Leganés le presentaron a un viejo contrabandista llamado El Fraile, que fue quien le acompañó hasta cruzar la frontera de Portugal.
Otra versión, menos creíble, afirma que el político Olózaga salió de Madrid utilizando el pasadizo subterráneo que hay en la farmacia de la Reina Madre, del que hemos hablado en la entrada anterior.
¡Caray, la historia política del XIX le daba cien vueltas a las novelas de aventuras!

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