
Con demasiada frecuencia asistimos a espectáculos y muestras de arte donde la calidad, el oficio y el trabajo meditado brillan por su ausencia. Con que haya "provocación" parece suficiente para que las autoridades culturales se den por satisfechas y contraten con dinero público a tal o cual memo que le cae en gracia a la concejal o al ministro de turno.
Los asistentes al festival de danza de el Circo Price se encontraron sin previo aviso con una troupe de caraduras que en vez mostrar sus cualidades artísticas, únicamente mostraban el culo. De paso, se dedicaron a ridiculizar la danza española y el flamenco. El diario El País relata lo sucedido. Mientras tanto, compañías de danza que se curran a tope sus espectáculos, ofreciendo calidad a raudales, llevan años vetadas de este festival de danza, sencillamente porque en lugar de provocar, bailan.
No es solo en la danza. Es en todas las artes. Uno puede ir a una bienal de escultura contemporánea y encontrarse montones de cajas de cartón apiladas, sin hallar una sola escultura propiamente dicha. Uno puede ir al Palacio de Cristal queriendo ver arte y hallar un par de osos de peluche colgados del techo. Podemos asistir a grandes botellones culturales, como la noche en blanco, y volver a casa con la mente en blanco porque la mayoría de los espectáculos ofrecidos son de una intrascendencia total. Demasiados espectáculos de luz y sonido para iluminar y sonorizar la nada más absoluta. Ello no sería tan grave si el público pudiese elegir la expresión artística que más le conviene. El problema es que los principales centros de arte y cultura están en manos de los mismos, y hay muchas formas de arte que están prohibidas, simplemente porque a los que mandan no les parecen chocantes. Yo, que me he pasado media vida defendiendo el derecho a expresarse de las nuevas tendencias, ahora me va a tocar pasarme la otra media defendiendo lo bueno frente a lo pretendidamente novedoso.
La novedad deja de serlo cuando se convierte en la norma. La provocación deja de serlo cuando se convierte en lo oficial. Hace ya más de cien años que Marcel Duchamp puso el urinario boca abajo. Entonces tenía su sentido. No nos lo vendan ahora como algo nuevo, porque eso ya es clásico.
Foto: El País.

4 comentarios:
No se puede expresar mejor, Carlos. No puedo estar más de acuerdo contigo: estamos ante la gran estafa de los grandes espacios expositivos, completamente cautivos del más vil mercantilismo. Saludos, Jesús
Que verguenza. y sabes que es lo peor de todo? que hay gente que no se da cuenta de lo que ha pasado y aplauden como tontos.
¡¡¡Magnífico artículo!!! Sin más comentarios.
jajajajaja que verdad dices
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