No es tarea fácil subirse a un dromedario. Ni siquiera siendo rey mago. Yo monté una vez, estando en Egipto y me dio la sensación de que no era un medio de transporte demasiado estable.
Un servidor dispuesto a cabalgar un rato en camello, junto a la pirámide de Saqqara.
Bueno, esto viene a cuento de lo que os quería contar: en 1967, el cineasta Samuel Bronston, que acababa de rodar en España Lawrence de Arabia, regaló a los madrileños tres enormes dromedarios. No fue nada sencillo acostumbrar a aquellos tilópodos a desfilar por el asfalto madrileño. Cada dos por tres se encabritaban y en una de esas lanzaron por los aires al rey Melchor, que quedó bastante dolorido. En los ensayos previos a la tercera cabalgata, otro dromedario causó varias fracturas al rey Baltasar. Los inquietos animales fueron devueltos al Zoo y ante el serio peligro de extinción de los Reyes Magos se dispusieron majestuosas y estables carrozas. Desde entonces, los Reyes, en su procesionar por Madrid, prefieren la estabilidad de las carrozas.




3 comentarios:
Muy bueno, y feliz año.
Gracias, Igualmente, Amparo. Por cierto, muy bueno tu blog: "Mimujando", me encantan los bocetos en cuadernos, son la parte más fresca y espontánea del mundo del dibujo.
Bonita historia del porqué los reyes van en carrozas por nuestra ciudad y no sobre los animales. Aunque hace un rato comentaba en el blog de Matritensis que a lo mejor la culpa la tenía Gallardón y no permitiriera que destrozaran su maravilloso granito urbano.
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