Una noche oscura, allá por el siglo XVII, caminaba por la calle del Sacramento un joven capitán de la Guardia de Corps. Dicen que se llamaba Juan y que se apellidaba Echenique, y que era un tanto dado a los placeres mundanos. Volvía el capitán de una timba de cartas en la que la fortuna no le había sido favorable, calibrando que en el plazo de una hora debía incorporarse a su puesto de guardia en el Palacio Real.
En esto, oyó una dulce voz de mujer que le llamaba desde un balcón. Levantó los ojos y vio a una dama muy atractiva que le hacía señas para que subiese a verla. "Desafortunado en el juego, afortunado en amores" se dijo el guardia y sin pensarlo dos veces acudió al llamado de la dama.
El viejo palacete tenía la puerta abierta y, una vez dentro, le sorprendió el lujo y la magnificencia con que se adornaba, sin que nada en el exterior lo presagiara. Llegó junto a la dama e hizo rápida amistad con ella gozando ambos de un largo rato de ardiente pasión. Tanto y tan intensamente gozaron, que el capitán se quedó dormido.
Le despertaron las campanas de la iglesia próxima, y cayendo en la cuenta de que se le había pasado la hora de incorporarse a su puesto de guardia, se vistió apresuradamente y salió corriendo sin despedirse siquiera de la dama que dormía plácidamente.
A mitad de camino, se dio cuenta de que había olvidado su espada y su bandolera y tuvo que volver sobre sus pasos.
Quiso entrar nuevamente en el palacete, pero la puerta no se abría. Dio fuertes aldabonazos, golpes y patadas, pero no hubo respuesta. Tan solo dio señales de vida un vecino de una casa próxima, quien, malhumorado, le dijo que allí no vivía nadie desde hacía décadas.
Forzó el capitán la puerta y halló el palacete totalmente cambiado, completamente desconocido. Donde antes hubo lujo y riquezas, no quedaba sino mugre, polvo y telarañas. No entendía nada. Al entrar en la alcoba donde había gozado, halló sobre el desvencijado lecho un esqueleto. El hombre se quedó helado, pero, sobreponiéndose, recogió sus pertenencias. Al salir de allí, creyó ver a su dama pintada en un viejo cuadro medio cubierto por el polvo.
Aquel hecho inexplicable le hizo cambiar de vida. Ingresó en una orden religiosa y entregó su espada y su bandolera, a modo de ofrenda, al Cristo de la Fe, entonces venerado en la iglesia de San Sebastián.
Se cuenta que dicha bandolera figuró al pie de este Cristo durante mucho tiempo, por ser el patrón de este cuerpo de guardias reales.
Con el tiempo, las gentes madrileñas han ido olvidando el lugar donde estuvo este palacete.
Diré que el cronista Pedro de Répide, lo sitúa en el actual el número 3 de la calle Sacramento, donde estuvo el museo de Artes Industriales y tuvo se sede el diario la Libertad. En el lugar se construyó más tarde un edificio, ocupado hoy por la oficina municipal de atención al contribuyente.
Sobre los nombres y hechos mencionados en la leyenda del Guardia de Corps, más nos vale recordar que se trata, lisa y llanamente, de una leyenda.
Ilustraciones:
"La calle del Sacramento en 1972" José Sancha
Dibujo de Esplandiú, probablemente realizado en los años 60.





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