lunes, 25 de junio de 2012

La siega


En la foto superior un grupo de segadores venidos del norte descansan de las tareas de la siega. Cuadrillas de segadores venían del noroeste y de otros lugares como Extremadura. 
La mayor parte provenían de Galicia. Los jornaleros llegaban caminando,mal alimentados y durmiendo en las casillas de los peones camineros (el viaje duraba quince días)  para trabajar en los campos de cereal que rodeaban a Madrid.

Esta estampa nos muestra a un grupo de segadores en Vicálvaro.


Aunque muy pocos madrileños lo saben, en estos días se está segando el trigo y la cebada en los campos de la Comunidad. De madrugada, cuando todavía no ha amanecido, el campo huele a paja recién cortada.
Ayer los segadores, hoy las cosechadoras.



Creo que a veces no somos conscientes del valor que tienen estas espigas.
En esta época de culto desmedido a las nuevas tecnologías, vale la pena recordar la importancia que tienen los granos de trigo.
Sin teléfonos móviles, sin coches, sin televisores, podemos vivir.
Sin los granos de trigo no se puede vivir.



2 comentarios:

Doña Umé dijo...

Y cuantos desvelos para conseguirlo.

Hace no tantos años, para que el trigo estuviese en la era al mediodía, los labradores de Castilla, como tantos otros, se levantaban de madrugada y preparaban los carros y los animales para salir al campo a cargar la mies, (preciosa palabra, por cierto). Era noche cerrada.

Quiero contaros, que hace pocos días, me preguntaba un empleado joven de Mercadona, que de donde salía la nata....Qué como se hacía...
¡Claro! el pan saldrá del horno...

Un abrazo.

el osorio dijo...

Hola Ana, es real lo que dices. Hubo una encuesta en no se qué colegios y los niños creían que la leche salía de los tetra-briks, no tenían ni idea de que fuese de vaca.
Es verdad que la palabra mies es muy sugerente. Recuerdo que en tiempos trabajé diez días en la recogida de la paja. Había que levantarse a las 4 de la madrugada. Las pacas de paja, plateadas a la luz de la luna se volvían doradas cuando salía el sol. ¡Y lo que dolían las lumbares de tanto agacharse...!