San Isidro y el carácter madrileño



Aprecio mucho a San Isidro, y creo que le apreciaría igual aunque yo no fuera madrileño.

Isidro de Merlo Quintana nace en Madrid en torno a 1082. Se casó con María Toribia (quien luego sería Santa María de la Cabeza), desarrolló sus labores como agricultor, pocero y pastor para su patrón Iván de Vargas. 

San Isidro sirvió a la familia Vargas, cuyas tierras de cultivo se encontraban en la Casa de Campo y en Carabanchel, y en ellas abrió una fuente y un pozo. Tenía la facultad de encontrar agua y sacarla al exterior, pues era pocero o zahorí.
Así como otros santos me resultan un tanto tristes por su complacencia en las flagelaciones y los sufrimientos añadidos, San Isidro siempre me ha caído bien. Era un santo ecologista, que procuraba que los bueyes con los que trabajaba no sufrieran maltrato y echaba granos de trigo a los pájaros hambrientos, además de abrir fuentes por doquier. Era el santo favorito de mi abuela, quien le rezaba a diario para que lloviera y el campo se regara debidamente. San Isidro no tenía esa obsesión por el trabajo que nos caracteriza a los madrileños de hoy (somos la ciudad en la que mayor número de horas se trabaja al día en Europa). Los madrileños, que siempre tuvimos un regusto especial por las cosas buenas de la vida, deberíamos fijarnos más en San Isidro y recuperar las buenas costumbres que tanta fama dieron a nuestra ciudad: los ratos en familia, las fiestas, los paseos, el aperitivo, la ronda con los amigos, la siesta, la tertulia…costumbres que definieron el carácter de una ciudad y que hemos ido perdiendo en pos del culto a los bienes materiales.



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