viernes, 27 de febrero de 2015

Un bar llamado Libertad



Foto: Ramón Rubio 

En la calle Libertad nº 8, en el barrio de Chueca se halla uno de los primeros bares musicales de la que aún no se conocía como movida madrileña.

Repasemos un poco la historia de este lugar:
En el siglo XIX era una vaquería donde se vendía leche recién ordeñada.
Luego pasó a ser una taberna, un bar que en los últimos años del franquismo era frecuentado por la célula ferroviaria del PCE (Partido Comunista)
En 1975 la taberna se transformó en un pub, en un bar musical frecuentado por los hippies, que tomó el nombre de "La Vaquería". Lo cierto es que en aquella vaquería no olía precisamente a leche, sino más bien a cannabis sativa. Pink Floyd sonaba sin cesar. Poco después abrió "El Circo" en la calle de Belén, constituyendo ambos el germen de los nuevos pubs alternativos de Chueca.


A finales de los setenta, el pub pasa a llamarse Libertad,8, y poco a poco se va convirtiendo en un lugar donde actúan los cantautores de influencia americana como Cañones y Mantequilla o Gema y Pavel. En los ochenta actúan los cantautores madrileños como Javier Krahe. En los noventa el local da a conocer a nuevos valores como Pedro Guerra y Rosana, Tontxu o Ismael Serrano.

Y ahí sigue, ajeno a las modas, un bar legendario y tranquilo a la vez, con su eterno piano que en tiempos sonaba muy a menudo, con su ambiente de tertulias y actuaciones de voces sencillas y cálidas que vibran al son de las guitarras, en una calle llamada Libertad.
Un único defecto: la obsesión de los dueños por tratar de encasquetar una consumición a todo el que asoma la cabeza por la puerta. No creo que sea la mejor forma de hacer clientes.




3 comentarios:

marta raqassa dijo...

Los estudiantes de Prehistoria de la Complutense, allá por 1984/85, solíamos ir a ese bar porque sus mesas de madera grandes eran muy útiles para desplegar nuestros bártulos y podíamos trabajar con las grandes hojas de papel milimetrado en las que dibujábamos las piezas líticas y los gráficos de porcentajes. Echábamos horas allí, con el visto bueno del local, nunca nos animaban a irnos, aunque no consumíamos mucho. Lo mismo nos consideraban una especie exótica que encajaba en ese ambiente.

el osorio dijo...

Hola, Marta, eso es lo que dignifica a los cafés como este, su capacidad de hacer sentir a la gente que está en un lugar que le es propio. Una buena actividad prehistórica sería rastrear en los surcos invisibles de las mesas algunos versos que nos enviábamos de mesa en mesa algunos antiguos clientes.

Rotger Marí dijo...

Yo lo frecuentaba con asiduidad, allá por los 70, era de los pocos sitios en Madrid que se podía escuchar buena musica, despues los fachas pusieron una bomba, enfrente había un piso que nos reuniamos gente acrata y de la CNT, tiempos muy nebulosos para mi.